Homilias

TERCER DOMINGO DE PASCUA

Domingo, 30 de Abril de 2017

Hechos 2,14.22-32        Salmo 16      1P 1,17-21     Lucas 24, 13-35
 
Queridos hermanos: celebramos el tercer domingo del tiempo de pascua en el cual, como en todas las lecturas de esta semana, la Iglesia nos viene dando a conocer las manifestaciones, la manera como el resucitado se hizo presente en las primera comunidad cristiana. Esta primera comunidad pudo constatar que  Dios siempre había estado con ellos y que la resurrección de Jesús no era otra cosa que la mayor manifestación de amor, de entrega de Dios hacia el pueblo que él mismo había elegido.  Es este precisamente el aspecto que hoy quisiera compartir con ustedes en esta reflexión: la constante bondad y amor de Dios manifestado a su pueblo mediante su presencia amorosa  durante toda su historia.
 
Las palabras del salmo 16 que acabamos de escuchar  son una confesión de fe que recoge la bondad de Dios: “Me enseñarás el sendero de la vida, me saciaras de gozo en tu presencia”. Esta confesión de fe en Dios supone por parte del creyente hacer memoria, recordar lo bueno que Dios ha sido siempre. El pueblo de la biblia, expresará que su Dios siempre ha sido fiel acompañante en el camino y en el recorrido personal y comunitario de cada creyente. Fidelidad que alcanza su máxima expresión en  Jesús,  el hijo del Padre  quien los ha liberado con su sangre preciosa.
 
Para los primeros cristianos, muchos de ellos provenientes del judaísmo, era muy importante emplear textos del antiguo testamento, textos que servían para hacer una relectura del plan de Dios; solo así,  pudieron reconocer que en Jesús se cumplía a plenitud lo que anunciaban los profetas; es por eso, que si leemos con cuidado,  vamos a descubrir que muchos episodios de la vida de Jesús hacen recordar acontecimientos vividos por el pueblo de Israel, por algunos de los personajes del antiguo testamento (Moisés, David, Elías, etc.). La intención de los textos es la misma: anunciar la victoria del plan de Dios en Jesucristo: “Dios lo entregó conforme al plan que tenía previsto y determinado… Dios, sin embargo, lo resucitó, rompiendo las  ataduras de la muerte” (Hechos 2,24).

Sin embargo, bien vale la pena preguntarnos: ¿cómo los apóstoles y los discípulos llegaron a tal confesión? ¿De qué forma el Espíritu de Jesús los fue llevando a proclamar, a anunciar incluso con su vida, la verdad de la resurrección que llegaría a transformar el mundo?  Sin lugar a duda, no fue nada fácil, durante el proceso abundó la duda, la desesperanza y el temor en el camino que recorrieron en compañía del resucitado al que en un comienzo no reconocieron: “Iban hablando de todos estos sucesos. Mientras hablaban y se hacían preguntas, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos” Lc 24,14.
 
La primera comunidad cristiana y los apóstoles descubrieron que todo hacía  parte del proyecto de Dios, que con lo ocurrido continuaba la  historia de salvación  donde Dios había ejercido permanentemente su fidelidad y amor hacía su pueblo. Poco a poco fueron reconociendo que el Padre Dios siempre había actuado, que seguía en medio de ellos porque Dios había resucitado a su hijo Jesús devolviéndolo  de la muerte a la vida. Su presencia era real, no era una ilusión ni un juego de la imaginación; tan real como fueron los acontecimientos que el pueblo vivió y que ahora vivía de una nueva manera en el espíritu del resucitado. Era tan real y verdadera la presencia de Jesús en medio de ellos que tan solo faltaba hacer lo que él les había pedido: “partir el pan”. No había duda, era Dios, no había cambiado su modo de proceder, seguía actuando  de la misma manera como lo había hecho desde los comienzos de la historia de salvación: siempre presente, pero a la vez  reservado, caminando respetuosamente, respetando nuestra lenta manera de comprender y entender todo;  pero fascinando de la misma forma con su proyecto de salvación.
 
Cualquier discípulo de los orígenes y también cualquier discípulo de todos los tiempos, se dará cuanta que Jesús está presente, vivo y resucitado; porque es el único que puede ayudarnos a ver las cosas de otra manera, porque es él quien hace que el corazón arda en amor y esperanza  al reconocerlo en la fracción del pan.

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